La Primera Carta a los Tesalonicenses se considera el primer escrito de lo que hoy conocemos como Nuevo Testamento. Fue escrita en torno al año 50-51 d. C.
Pablo escribe desde Corinto, en donde hay muchos problemas en la comunidad. Los judíos continúan su intento de desacreditarlo; existen restos de costumbres paganas en los hermanos y además les preocupa el tema de la vida eterna, se preguntan qué hay después de la muerte.
Pablo lanza una mirada retrospectiva a la predicación que realizó en Tesalónica y después rechaza las acusaciones de los judíos. La segunda parte de la Carta se compone de exhortaciones y enseñanzas.
El Evangelio es presentado con el anuncio de un hecho, el de Jesús resucitado de entre los muertos que vive y nos salva. Creer en el Evangelio es reconocer la acción del Espíritu en nuestras vidas, convertirse al Dios vivo, saber que Dios nos llama a su reino y a su gloria. La predicación del Evangelio exige tres actitudes fundamentales: la fe, el amor y la esperanza; La fe es respuesta a la acción previa de Dios, impulsa la caridad práctica y la fuerza de la fe se manifiesta en el amor.
Con respecto a la vida eterna, el cristiano debe estar seguro de su futuro posterior a la muerte: vivirá en el Señor.
Pablo escribe a la iglesia de Tesalónica y se constata que la palabra Iglesia apunta ya al nuevo pueblo de Dios o la iglesia universal.