Tal y como estamos viendo en estas entradas, toda la vida de Jesús constituye un proceso histórico que conduce al nacimiento de la Iglesia: El Reino de Dios que es proclamado por Jesucristo, la comunidad de discípulos convocada por él, la institución de los Doce y la última cena fueron elementos determinantes en este proceso que culminó con los acontecimientos de su muerte, resurrección y posteriormente Pentecostés.
Sin embargo, solo se puede hablar de la Iglesia en plenitud después de la muerte de Jesucristo, cuando el grupo de sus discípulos se reúne de nuevo para constituir lo que sería la comunidad cristiana. Es en este momento cuando Jesús se manifiesta como Mesías y Señor y es reconocido como tal por los discípulos, cuando se puede hablar de fe cristiana. Aquí es donde se da el paso del Jesús que predica y proclama el Reino al Jesús que es predicado y anunciado por otros.
Con la experiencia de la resurrección cambia la actitud en los Doce; se convierten en testigos de la resurrección no solo con sus palabras sino también con su vida, porque se han encontrado con el resucitado. Es aquí de donde brota la misión que se les confía de bautizar y hacer discípulos y la dimensión eclesial del anuncio de la resurrección.
Es a partir de la resurrección cuando se reconstruye el grupo de los Doce y comienza la manifestación histórica de la Iglesia. La resurrección es, por tanto, fundamento de la Iglesia porque se hace realidad la fe cristiana, la fe en Jesús como Cristo y señor.

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