Llegamos a la última entrada de esta serie que hemos denominado "origen y fundamento de la Iglesia". Para que todo lo comentado en estas entradas sobre el origen y fundamento de la Iglesia sea realidad es necesario el don del Espíritu. Hay algunos autores que lo llaman el "cofundador de la Iglesia" porque ha actuado de una manera particular en la humanidad y en la vida de Jesús.
El relato de Pentecostés narra como el Espíritu prometido se derrama sobre los Apóstoles y también San Pablo explicará que la relación entre Cristo y El Espíritu hace posible la resurrección y la experiencia de la presencia vital del resucitado.
Con el don del Espíritu se realiza plenamente la revelación de Jesucristo, que pertenece a la Iglesia como el lugar de su eficacia y actualización; la fe cristiana ha destacado siempre una relación fundamental entre el Espíritu Santo y la Iglesia.
En la comunidad cristiana primitiva conducida por el Espíritu se realiza el paso decisivo del pueblo escogido a los paganos. Lo que anima a los apóstoles a dirigirse a los paganos es que la fe exige ser proclamada, la fe fundada en la salvación de Jesús relativizando las instituciones de Israel.
El rechazo de Jesús por los sectores del judaísmo contribuirá a la entrada de los paganos sin someterlos a una iniciación propia del mundo hebreo. Esta decisión se tomó en el Concilio de Jerusalén y conducirá a una Iglesia constituida por cristianos procedentes del paganismo con la ruptura entre el verdadero Israel y el judaísmo.



